Una tarde del 17 de septiembre de 1925, en la entonces creciente Ciudad de México, un autobús fue embestido por un tranvía, dejando una serie de personas lesionadas. Entre ellas se encontraba uno de los íconos más representativos de México: Frida Kahlo, quien, aunque en ese momento no lo sabía, iniciaría ahí la historia que la convertiría en leyenda.
Como consecuencia de este trágico accidente, Frida sufrió fracturas en la columna, la pelvis, las costillas, la clavícula y una pierna, lesiones que la obligaron a permanecer meses en cama y a convivir con un dolor constante e insoportable que la acompañaría hasta el día de su muerte.
Sin embargo, como toda mujer aguerrida, supo transformar su sufrimiento en arte. Aprovechó aquel periodo de inmovilidad para expresar su dolor a través de la pintura, la forma que mejor conocía para comunicarse. Ella misma afirmaba que no pintaba sueños, sino su propia realidad. Así comenzaron sus autorretratos, los cuales llegarían a representar más de un tercio de su obra total.

Frida Kahlo realizó aproximadamente 150 obras, en las que abordó temas como el dolor físico y emocional, la identidad, la maternidad frustrada, el amor, la traición y la muerte, sin dejar de lado su profundo apego a la cultura mexicana y a las raíces indígenas que marcaron su identidad artística.
Cabe destacar que Kahlo siempre estuvo rodeada de personas fundamentales en la formación de su carácter. Su padre, Guillermo Kahlo, fotógrafo alemán naturalizado mexicano, le enseñó disciplina visual, composición y una minuciosa capacidad de observación, hábitos que más tarde se reflejarían claramente en su pintura.
Padre e hija mantuvieron una relación muy cercana, apoyándose mutuamente y compartiendo una profunda empatía, en parte porque Guillermo padecía epilepsia, una enfermedad poco comprendida en aquella época.
Por otra parte, Frida fue militante comunista, feminista y una crítica contundente del colonialismo. Apoyó a figuras como León Trotsky, con quien incluso sostuvo una breve relación amorosa.
Y, por supuesto, una de las figuras más determinantes en su vida fue Diego Rivera, a quien llamaba de forma “cariñosa” panzón. Más allá de ser su esposo, fue un gran compañero y maestro que contribuyó al desarrollo de su estilo pictórico.
Diego la llevó tanto al cielo como al infierno. Se casaron en 1929, se divorciaron en 1939 y volvieron a contraer matrimonio en 1940. Frida solía decir que había sufrido dos grandes accidentes en su vida: el primero, el tranvía; el segundo, Diego Rivera.
Entre sus obras más destacadas se encuentran Las dos Fridas, La columna rota, Autorretrato con mono, Hospital Henry Ford y Viva la vida.
Dentro de las curiosidades más llamativas de su vida, destaca que en su famosa Casa Azul convivía con animales exóticos como monos, xoloitzcuintles y aves. Además, utilizó sus cejas y su bigote como un acto de identidad, así como la constante elección de trajes tradicionales, en especial los de las tehuanas de Oaxaca.

Durante sus últimos años, Frida sufrió un dolor constante y apabullante, además de la amputación de una pierna. Aun así, asistió a su última exposición en México, trasladada en su propia cama, como si emergiera de un sueño inusual. Finalmente, murió el 13 de julio de 1954, a los 47 años.
Frida Kahlo no solo dejó un legado plasmado en pincel, sino también un ejemplo de valentía, perseverancia y fortaleza. Su vida y obra continúan inspirando a millones de personas, especialmente a mujeres de todo el mundo, consolidándose como parte fundamental de la memoria colectiva de una cultura resiliente.
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