Lyon no es tan grande como París, pero tampoco tan pequeña como para pasar desapercibida, tiene el tamaño para ser descubierta caminandoFoto: Planet of Hotels

Una vez me pasó algo curioso. Una persona con la que trabajaba me dijo: “Tengo que viajar a León.” Yo entendí que se refería a León, México, y le pasé opciones de vuelos. Al verlos, me respondió extrañada: “¿Por qué son tan cortos?” Fue entonces cuando comprendí que hablaba de Lyon, Francia.

Así, con “y”, como se escribe en francés.

Y es que hay varios “Leones” en el mundo: uno en México, otro en España, y este, en Francia, que tiene un sabor muy especial. Hoy vamos a hablar precisamente de Lyon, la ciudad que se proclama la capital mundial de la gastronomía, y con toda razón.

Lyon no es tan grande como París, pero tampoco tan pequeña como para pasar desapercibida. Tiene el tamaño perfecto para ser descubierta caminando, a orillas de sus dos ríos —el Ródano (Rhône) y el Saona (Saône)— que se encuentran en una península natural en el corazón de la ciudad. Esa mezcla de agua, historia y piedra le da un encanto especial, casi poético.

Su centro histórico, el Vieux Lyon, es un laberinto de callejones empedrados, patios escondidos y pasadizos secretos llamados traboules, que conectan una calle con otra atravesando los edificios. Caminar por ellos es como viajar en el tiempo: un atajo entre siglos, donde las fachadas parecen guardar historias de comerciantes, artesanos y familias que vivieron allí hace cientos de años.

Lyon fue conocida desde tiempos romanos como Lugdunum, y desde entonces ha sido un punto clave entre el norte y el sur de Europa. Está muy cerca de los Alpes, de Suiza y de Italia, lo que la convierte en un excelente punto de partida para explorar otras regiones.

Pero créanme: no hay prisa por salir de Lyon.

Porque si algo distingue a esta ciudad es la comida. Aquí, la gastronomía no es sólo una actividad, es una forma de vida. Los lyonenses hablan de sus chefs como en otros países se habla de sus futbolistas o cantantes. Y entre todos, uno brilla con luz propia: Paul Bocuse, el gran embajador de la cocina francesa moderna. Su legado sigue vivo en los famosos bouchons lyonnais, pequeños restaurantes tradicionales donde se sirve comida local, abundante y deliciosa, siempre acompañada de vino de la región.

Cada rincón de Lyon parece rendir homenaje al buen comer. Desde los mercados llenos de quesos, panes y embutidos, hasta los restaurantes que combinan lo clásico con lo contemporáneo. Comer en Lyon es, literalmente, un viaje dentro del viaje.
Y si hay una fecha en la que esta ciudad se ilumina como nunca, es en diciembre, durante la Fête des Lumières, la Fiesta de las Luces, que se celebra cada año alrededor del 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción. Todo comenzó en 1852, cuando los habitantes encendieron velas en sus ventanas para agradecer a la Virgen María por protegerlos de una
epidemia. Con el tiempo, esa tradición se convirtió en un espectáculo de luz, música y arte que transforma toda la ciudad en una enorme galería al aire libre.

Lyon también vio nacer a Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, ese libro que nos recuerda que “lo esencial es invisible a los ojos”. Y tal vez por eso, visitar Lyon es descubrir lo esencial: la belleza que no grita, los sabores que se quedan en el recuerdo, y las luces que iluminan más el alma que el camino.

Una ciudad de ríos, de sabores y de luces. Así es Lyon, la ciudad que compite con París, pero que no necesita ganar: basta visitarla para saber que, en su estilo discreto y elegante, ya tiene un brillo propio.

Viajemos juntos.

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