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Si la justicia calla, las paredes tienen derecho a gritar, cada año intentan reducir el Día Internacional de la Mujer a muros pintadosFoto: X

¡Basta de pedir silencio!

Si la justicia calla, las paredes tienen derecho a gritar.

Cada año intentan reducir el Día Internacional de la Mujer a vitrinas rotas y muros pintados. Pero lo que realmente se fracturó hace tiempo fue la justicia.

Entre el humo del bloque negro vi los ojos de una mujer de mi edad. No vi rabia desbordada: vi cansancio antiguo. Tomaba de la mano a su hija, que gritaba con una furia que parecía venir de muchas generaciones.

A mi hija la violaron. Identificó a los agresores. Son vecinos. Los soltaron en dos días. Las autoridades están coludidas. Vivimos al día. Cuidamos a mi madre. No podemos irnos de la colonia. Todos los días tenemos que ver cómo se burlan de nosotras”, me contó.

Eso no es vandalismo.

Es sobrevivir sitiada.

Cuando el expediente duerme y la denuncia no protege, la pared aprende a hablar. La iconoclasia no es capricho: es el idioma de quienes agotaron todas las ventanillas de las fiscalías. No es furia sin causa; es memoria sin respuesta.

El año antepasado llegaron a Puebla desde Huauchinango Miriam Vázquez y su hija Andrea. El padrastro violó y embarazó a Andrea —siendo menor de edad— y después sustrajo a Andrea, a la bebé y a otra niña hija de Miriam y él, ejerciendo violencia vicaria contra ella.

En su pueblo aún deben callar. Caminan con miedo. Aquí, en la marcha, estaban radiantes.

Gritaban consignas que allá serían sentencia de muerte. Andrea hoy vive en otra comunidad. Miriam cuida a su nieta para que su hija rehaga la vida que intentaron arrebatarle.

¿Eso es desorden?

No. Es reconstrucción.

Las madres y las hijas no marchan por moda. Marchan por historia. Marchan porque México no puede hablar del 8M sin mirar a las mujeres indígenas que sostienen comunidades enteras en silencio; a las jornaleras que doblan turnos con el sol a sus espaldas; a las empleadas domésticas sin seguridad social; a las profesionistas que deben demostrar sus capacidades el doble al ser evaluadas; a las madres solteras que son proveedoras y cuidadoras al mismo tiempo.

Ellas no piden privilegios. Exigen piso parejo.

El feminismo, en su raíz más profunda, no es contra los hombres. Es una lucha contra la desigualdad. Es la exigencia de seguridad, respeto y oportunidades reales. Confundirlo con odio es un pretexto cómodo para no tocar el fondo del problema.

Si el 8M incomoda, quizá no sea por el ruido de las marchas, sino por el eco de una verdad que preferimos no escuchar: mientras exista una sola mujer que tema volver a casa, que gane menos por el mismo trabajo que realiza un hombre o que sea silenciada por costumbre, la conversación no termina.

Se baila, se grita y se pinta, porque el cuerpo también necesita justicia. Porque la digna rabia, cuando se comparte, se vuelve medicina.

Este 8M no nos pidan que bajemos la voz. Tal vez algún día ya no tengamos que marchar. Tal vez ese día la justicia llegue antes que la rabia. Pero mientras tanto, cada paso que damos las mujeres juntas abre camino para las que vienen detrás.

Porque cuando una mujer se levanta, levanta a muchas. Y cuando muchas se levantan, la historia cambia.

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Por Mónica Franco

Periodismo de género, reportera y columnista. Soy sobreviviente, insurrecta e independiente. Amo la libertad y escribo historias de imperfectas como yo. Creo en las hijas del pueblo, en las que llegamos sin mediación de un hombre y que caminamos a la par de ellos.